Brujas🇧🇪: el viaje donde estuve enferma, agotada… y más viva que nunca
Todo el mundo me pregunta por qué elegí Brujas para mi cumpleaños.
Y siento que esperan una respuesta profunda, tipo: “siempre soñé con esa ciudad” o “sentí una conexión espiritual inexplicable”.
La verdad es muchísimo menos interesante.
Fui porque el vuelo salía barato y porque parecía una ciudad sacada de Pinterest.
Fin.
Pero bueno, para entender por qué terminé vomitando por media Europa por voluntad propia, hay que ir un poco más atrás.
Desde que me vine a Italia, una de las cosas que más ilusión me hacía era esta idea de poder viajar. No solamente conocer lugares, sino tener la libertad de decir “me quiero ir un fin de semana” y hacerlo.
Porque en Argentina siempre sentía que mi vida estaba demasiado atada al trabajo, a los horarios y a llegar a fin de mes. Y mi cumpleaños encima siempre me tocaba trabajar. Siempre.
Entonces el año pasado, mi primer cumpleaños en Italia, dije: “bueno, este sí va a ser distinto”. Yo quería irme a Roma, hacer algo especial, vivir esa película europea que una se imagina cuando emigra.
Terminé trabajando igual.
Así que este año dije basta.
No me importa nada.
Me voy de viaje aunque sea dos días. Aunque sea a una ciudad medieval donde probablemente llueva todo el tiempo.
Y ahí apareció Brujas.
Compré los pasajes en diciembre como quien toma una decisión impulsiva a las 3 de la mañana. Después compré las mochilas. Reservé el hotel. Empecé a comprar ropa de invierno porque yo nací un 6 de febrero en Argentina y mi cerebro todavía asocia “cumpleaños” con calor, playa y mosquitos. No con bufandas y waffles belgas.
Todo muy emocionante… hasta que la noche antes del viaje empecé a vomitar como si mi cuerpo hubiese decidido protestar oficialmente contra mis planes.
No dormí nada. Literalmente nada.
Cada dos horas me levantaba a vomitar otra vez. Temblando de frío. Destruida. Encima acá las farmacias no están abiertas 24 horas como en Argentina, así que no había mucho para hacer más que sufrir dramáticamente y preguntarme si me estaba muriendo o si simplemente algo me había caído mal.
Después descubrimos que era un virus que estaba dando vueltas. Pero en ese momento yo solo era una chica tirada en la cama pensando:
“por favor que mañana se me pase porque me voy igual”.
Y me fui igual.
A las ocho de la mañana vomité una vez más, me cambié como pude y salimos.
Mi novio me preguntó:
—¿Estás segura de que querés ir?
Y yo le dije:
—Sí. Porque si no voy y mañana me siento bien, me voy a arrepentir muchísimo.
Y creo que en ese momento estaba defendiendo algo mucho más grande que un viaje.
Estaba defendiendo a la versión mía que durante años soñó con esto mientras trabajaba triste en Argentina.
La que decía:
“algún día voy a tener una vida más libre”.
Así que ahí estaba yo, enferma, destruida y caminando hasta el colectivo con una mochila encima.
La romantización de emigrar.
El viaje de ida duró aproximadamente 47 años.
Primero colectivo. Después aeropuerto. Avión. Después colectivo otra vez. Después taxi.
En el aeropuerto vomité de nuevo. En el avión nos tocaron asientos separados porque no quisimos pagar el extra de Ryanair y dijimos:
“seguro nos dejan sentarnos juntos”.
No nos dejaron.
El vuelo estaba lleno y encima pasaban vendiendo perfumes, sánguches y raspaditas cada tres minutos. Yo solo quería dormir y desaparecer un rato de mi propio cuerpo.
Pero cuando bajamos del avión pensé:
“sí, teníamos que haber venido”.
Y no sé explicarlo bien, pero aunque estaba hecha mierda, ya me sentía feliz.
El momento donde realmente caí en que estábamos en Bélgica fue haciendo el check-in del hotel.
Ahí estábamos nosotros dos, tratando de hablar un inglés bastante improvisado con un recepcionista que hablaba perfectamente cinco idiomas mientras nosotros mezclábamos español, italiano y palabras sueltas aprendidas viendo series y videojuegos.
Y en un momento miré a mi novio y pensé:
“¿qué hacemos nosotros dos en Brujas?”
Tipo… ¿en qué momento pasó esto?
¿Cómo llegamos hasta acá?
Y después llegó mi cumpleaños.
Y fue hermoso.
No porque haya sido perfecto.
Porque claramente no lo fue.
Pero ese día no llovió casi nada, no hacía tanto frío y pudimos recorrer TODO Brujas caminando.
La ciudad parecía un decorado. Todo era demasiado lindo. Los puentes, las casitas, los canales, la gente andando en bici, los rincones escondidos.
Encima había contratado dos tours y fue lo mejor que hice porque terminamos conociendo muchísimo más de lo que hubiésemos conocido solos.
Y sí… el único waffle belga que pude comer en todo el viaje terminó siendo mi torta de cumpleaños.
Le clavé una velita arriba y listo.
Esa fue toda la celebración gastronómica porque mi estómago seguía negociando condiciones conmigo.
Después cenamos en McDonald’s porque sinceramente no tenía sentido pagar 50 euros en un restaurante para después mirar el plato con dolor.
Y honestamente… me daba igual.
Porque yo no necesitaba un viaje perfecto.
Necesitaba vivir algo.
Necesitaba salir de la rutina.
Necesitaba sentir que mi vida estaba pasando de verdad.
Y pasó.
A la vuelta seguía destruida.
Me dolía la panza, la garganta, el alma, todo.
Pero el vuelo venía casi vacío y nos tocó viajar viendo el atardecer desde arriba de las nubes. Ese momento donde el sol baja y todo el cielo parece naranja.
Y me acuerdo de mirar por la ventana pensando:
“no puedo creer que estoy viendo esto”.
Porque hace no tanto tiempo mi vida era completamente distinta.
Llegué a mi casa a las doce de la noche hecha un cadáver humano. Todavía faltaba sacar al perro, comer algo y volver a la realidad.
Pero mientras me metía en la cama pensé algo muy simple:
La vida no puede vivirse esperando el momento perfecto.
Porque siempre hay algo:
plata, trabajo, cansancio, miedo, horarios, dudas, responsabilidades.
Y si uno sigue esperando “el mejor momento”, la vida se pasa.
Yo tardé años en venir a Italia porque siempre pensaba:
“el año que viene vamos a estar mejor”.
Y un día me di cuenta de que el tiempo también se gasta.
Así que sí.
Fui a Brujas.
Vomité medio viaje.
Comí un solo waffle.
Gasté menos plata de la que pensaba.
Dormí poco.
Me congelé.
Me dolió todo.
Y aun así, fue uno de los cumpleaños más felices de mi vida.











Comentarios
Publicar un comentario